28 de agosto de 2009

solos

Por Pancho Donoso 'Woodstowsky'

Hoy por la tarde, mientras realizaba uno de mis extraños viajes mentales a "algún lugar", intentaba trabajar escuchando música agradable para mi persona. Pero mi mente flotaba, volaba, saltaba y rebotaba en quien sabe donde. Entonces acudió al maní que tengo por cerebro , una curiosa e intrigante pregunta a la cual aún no he podido encontrar respuesta satisfactoria. Disfrutando y pensando en los agradables acordes que a mis oídos llegaban, de esa música que es vieeeeeja, pero güena, de pronto surgieron una seguidilla de preguntas: ¿Qué tan viejos serán los solos de guitarra?,¿alguien los habrá inventado?,¿de donde provienen?,¿Como habrán nacido?.

Y todas estas preguntas , me llevaron a la gran pregunta en cuestión:¿Quien Habrá tocado el primer solo de Guitarra?.
¿Jebús?, o ¿pedro picapiedra?, ¿habrá sido acaso earl sinclair? o ¿quizás noé?, ¡¡a lo mejor el tata colores!!
De verdad que no encuentro una respuesta acertada. A lo mejor necesito a un erudito en historia, o a un vidente... ¿y si le pregunto a Nelson Ávila? ¡¡No, mejor al profesor rosa!!
ya no se me ocurre nada más. Acepto sugerencias.

21 de agosto de 2009

Conce2009

Por Eduardo García (Enviado especial en Concepción)

Cuando el auxiliar te despierta, para avisarte que ya estás llegando, lo primero que uno nota es que están hacienso reparaciones, con las cuales se supone que la ciudad quedará cachilupi cuando terminen las obras. El problema es que vine en febrero ¡Y NO HAN AVANZADO NADA! No sé si creerán que eso le da un toque especial, o que se yo.
Al llegar a Collao, les cuento que hace frío, pero no más que en Santiago, y el aire... ¡oh! es más puro.
Estuve deambulando por el Terminal una horita... porque llegué muy temprano.
Hay una llovizna exquisita, si esa misma llovizna la vemos en San bernardo, alejémonos del paso nivel del 41 que una catátrofe se viene... En lugar de eso, es una invitación a caminar.
No puedo contar más, llevo tres horas aquí y eso es todo lo que he vivido hasta ahora. Pronto un nuevo informe.
Informó para El Abismo de la Esnaki Eduardo García

11 de agosto de 2009

sonata de agonía

Resulta que tengo una amiga, que no sabe que es mi amiga, que vive en mi cabeza. Yo le hablo durante el día y ella lo hace durante la noche, aunque a veces coincidimos y hablamos unos minutos.
La escucho con atención, y recibo cada palabra de ella como un regalo invaluable. Aunque en ocasiones se equivoca, es muy sabia, y me cuenta historias increíbles de cualquier cosa que se me ocurra. Recuerdo que anoche me contó la historia de un joven muy soñador que gustaba de la música y ejecutar instrumentos, pero que no poseía el talento necesario para hacerlo profesionalmente como otros jóvenes virtuosos de su época. Entonces tomó su frustración y la llevó consigo en un largo viaje, a un lejano y solitario lugar. Llevó también junto a su escazo equipaje, los instrumentos que amaba y sin los cuales no habría sobrevivido. Llegó entonces a su destino un día nublado de Octubre, cuando los pájaros no cantaban y se escondían entre las ramas de grandes árboles, inquietas por el viento que empujaba con fuerza. Tomó lugar en su nueva morada, una casona abandonada hace años, que había pertenecido a algún antigüo pariente. En la soledad de aquel paraje, tenía absoluta libertad de acción y no tardó mucho tiempo más que el de desempacar, para comenzar a lanzar corcheas, blancas, silencios, tonos, medios tonos, tritonos y escalas completas. Pasaba el tiempo y no hacía más que tocar y tocar, ni siquiera comía, no había tiempo para eso, se alimentaba de la música. Unos meses pasaron sin que el desistiera en su labor, y la técnica se había pulido, la capacidad interpretativa superaba a cualquiera, las improvisaciones duraban largas horas y eran un completo hito compositivo.
Escribió más de treinta magistrales obras antes de morir un día soleado de Febrero, cuando los pájaros cantaban y el sol bañaba el verde del paisaje con su luz interminable.

Pancho Donoso 'Woodstowsky'

El Chino


Por Eduardo García


Constituía un verdadero placer verlo jugar, pero verlo hablar era un elixir digno solo para Dioses. Era un pendejo adolescente todavía, usaba la melena larga y un jockey con la visera hacia atrás. Su arrogancia delataba de inmediato la seguridad de sus convicciones, sabía para lo que estaba hecho. Si Fernando González juega al tenis con un cañón, el Chino lo hacía con un pincel, es que el era un artista. Pocas veces (creo que nunca) vi a mi papá tan contento de ver a un deportista chileno en competencia. Le aplaudía hasta los chanchitos que se tiraba en la cancha. Lo único que le criticaba era cuando tiraba la raqueta al piso cuando las cosas no le resultaban.

Recuerdo el día que le ganó ese mítico partido a Andre Agassi en la final del Lipton. Todas las familias chilenas estábamos unidas, a través de nuestros televisores, a la hora de almuerzo, alentando a un chileno que estaba a pasos de ser el número uno del mundo. Sí. Número uno. Número uno, número uno, número uno, como decía el que conducía “Sábado taquilla”. Nada de número dos, ni terceros lugares en mundiales que se suponían hechos para ganarlos, ni medallas de plata. Mucho menos esos vergonzosos triunfos morales que no constituyen nada. A nadie le importa si se es bueno, cuando no se es el mejor. Esa vez no estaba mi papá, pero igual estaba, en otro lugar, unidos gracias a la transmisión de aquel partido. Nadie en Chile estaba nervioso, todos sabían de antemano el resultado: iba a ganar. Esa pelota larga de Agassi fue el momento de euforia más grande que recuerde. El llanto mariquita de Solabarrieta por el logro de dos discípulos que tuvieron una buena semana en Atenas quedaba chico al lado de la hazaña de un zurdo que consiguió ser mejor que cualquiera en su época gracias a años de trabajo.

Seguía siendo un niño. Lloró por una mujer ante las cámaras, esas mismas malditas cámaras que provocaron la debacle sentimental del artista y deportista más grande que recuerde nuestro país, escaso de glorias, y que tenía en el Chino a un baluarte de privilegio. Escucharlo hablar era un elixir. Como cuando ganó la Copa Milo y lo único que dijo era que quería ser el mejor, consciente de lo que significaba eso. Brabucones hay por miles, números uno del mundo, poquísimos.